“Aquí orbitan mis primeras narraciones. Escritas entre 2013 y 2015, han sido el origen de esta galaxia. Sin ellas, hoy no habría estrellas ni planetas azules. Y quizás yo no escribiría” (Darth Colfer).

Aguará Guazú

Las luces del día se escabullen por los márgenes del río. Llevan prisa y están rojas de vergüenza. De vergüenza o porque las salpicó la sangre, andá a saber. Cierto es que hoy han bajado mucho, hasta casi apoyarse en el pajonal sangriento, atraídas quizá por el canto del Pitogüé. Sí, se le ha dado por cantar aunque su pecho ha cambiado de color.

La rueda

La negra se apresura desde la barraca; va secándose las manos en el delantal mientras corre, mientras se le vuela el gorro con que tapa la crispación de su melena. Atraviesa el patio con la premura de un can que ha oído el tintineo de las llaves de su amo.

El elástico

¿Quién gusta del gordo Ponce? Parece que las niñas huyeron despavoridas tan pronto como surgió la pregunta. Se alejaron gritando como quien ha visto una aparición. Las más desquiciadas se encuartelaron en su baño, donde el gordo no podía entrar. Tampoco iba a intentarlo, compungido como estaba, puchereando y dándole patadas a las baldosas sobre las que aún vibraba el elástico.

Marcha atrás

¿Cómo no va a hacerse ilusiones si en cualquier momento la deja, le confiesa que no la quiere, y viene acá, a pasar con él las noches futuras? Es cuestión de ser paciente, de no mirar tanto la hora que hace bochinche en la pared del reloj. Total, acabará ocurriendo. A lo mejor, no esta noche, ni mañana, ni el mes que viene. Pero algún día. Está seguro de que sí, porque de cada beso se desprende un grito alocado de libertad. Un parasiempre. Está seguro de que a ella no la besa así, de que no la besa, ni para mentirle las buenas noches.

Serpentinas rojas

Amaneció con edad de matar a su primera gallina. La cita era a las ocho, en el patio que separaba las dos casas (adelante vivía Lita). Se calzó en silencio, porque mami dormía aún. Había llegado réquetetarde (y sola). Fabiana lo sabía porque siempre dejaba un oído atento al regreso de la mami. Pero si Lita preguntaba, diría que ni idea, que no había escuchado la puerta ni el llanto contra la almohada.

Despedida de soltero

Vamos a ser tan felices, Mili. Siento un no sé qué de pensarte en el altar, de imaginarme yendo hacia vos con las rodillas temblando. Me sudan las manos, porque estoy nervioso por anticipado. Es un jugo frío el que las moja, parecido al miedo que nos embarga de vez en cuando, porque mirá si no nos sale, mirá si no podemos. Te lo juro: vamos a poder.

Miércoles

Había que esforzarse para abrir la puerta. En cualquier momento, se le iba a romper la llave de tanto presionarla. “Si pasa, pasa”, se dijo. No tenía plata para un cerrajero. No tenía plata, punto. La mujer lo sabía, pero todas las mañanas hacía como que no. Era el único momento que tenían para verse las caras limpiamente, y ella lo malgastaba desde que encendía las hornallas. Mientras él mascaba sus tostadas (tostadas duras de pan viejo), ella enumeraba el sinfín de cosas por pagar.